En el instante en que Israel cruzó el mar ocurrió algo único: todos sintieron, al mismo tiempo, el impulso de cantar la misma canción. No fue ensayada, no fue acordada; brotó como una sola voz.
El Or HaJaim se pregunta: ¿cómo pudieron alcanzar esa inspiración divina si antes habían caído incluso en la idolatría? ¿Acaso solo quien tiene una conexión pura con Hashem puede llegar a ese nivel?
Y responde con una enseñanza profunda: A orillas del mar, perseguidos por Egipto y sintiéndose totalmente indefensos, Israel elevó sus ruegos desde el temor. Ese clamor sincero los purificó. Luego, al ver el mar abrirse y los milagros realizados exclusivamente para ellos, llegó una segunda purificación: la del amor. Temor primero, amor después.
Cuando el temor limpia y el amor eleva, el alma se alinea. Y en ese estado, ya no hay voces separadas. Por eso todos alcanzaron la misma categoría espiritual y pudieron entonar una sola canción.
El mensaje es eterno: No se necesita perfección para elevarse, sino sinceridad. A veces, es precisamente el quiebre, el miedo y la total dependencia de Hashem lo que abre el mar… y también la voz del alma.
One Kosher te desea Shabat Shalom.
