Cuando los magos de Egipto intentaron imitar la tercera plaga y no pudieron, pronunciaron una frase que atravesó la historia: “Esto es el dedo de Dios.” No fue solo el reconocimiento de un milagro, fue la caída de una ilusión: la idea de que el ser humano puede controlarlo todo.
La Torá, con una fina dosis de humor y sátira, nos enseña algo profundo: Dios no se revela solo en lo grandioso, sino también en lo pequeño. Los faraones levantaron pirámides para parecer divinos, pero no pudieron crear ni un simple piojo. El mensaje es claro: la verdadera grandeza no está en el poder, sino en el propósito.
Egipto creía que dominar la naturaleza era dominar al hombre. La Torá responde lo contrario: dominar sin ética es solo otra forma de esclavitud. Por eso las plagas no fueron solo castigos, sino lecciones: la realidad tiene estructura moral. Cuando usamos la fuerza para destruir, esa misma fuerza se vuelve contra nosotros.
Hoy, en un mundo que confía ciegamente en la tecnología, el mensaje sigue vigente. La fe no es creer en lo inexplicable, sino escuchar la voz que nos llama a vivir con justicia, compasión y dignidad humana. La ciencia puede explicar el “cómo”, pero solo la ética responde al “para qué”.
Y aquí está la motivación más poderosa: No necesitas controlar el mundo para cambiarlo. Basta con actuar con integridad en lo pequeño, porque ahí —en los gestos sencillos— también se manifiesta el “dedo de Dios”.
La verdadera libertad no nace del poder sobre otros, sino de la capacidad de respetar su libertad. Esa es la fe que transforma la historia.
One Kosher te desea Shabat Shalom.
